Historias - Carme

 

“Estuve tres veces a punto de matarme porque ya no soportaba más la tristeza”

Carme Curcó, usuaria de La Merienda.

 

Según la fundación Amics de la Gent Gran, 175.000 personas mayores de 65 años en Cataluña sufren soledad no deseada, en mayor o menor nivel. En España, una persona mayor de cada ocho está en riesgo de pobreza. ¿Qué ocurre cuando soledad y pobreza se juntan en una misma persona? Esta es la historia de Carme Curcó.

“Perla tiene unos ojos negros preciosos, es amarilla y a medida que crece le salen unas rayas marrones, ahora es enorme, ¡parece un tigre!” nos cuenta Carme con una sonrisa en la cara, la que le surge cada vez que habla sobre su gata.

A sus 75 años, Carme es una persona muy activa y alegre, ella se define a sí misma como “tremenda”, entre risas. Su vida, al igual que su carácter, está llena de contrastes: desahucios, alegría, aborto, risas, esquizofrenia… “He vivido mucha riqueza y mucha pobreza, he llorado mucho”, cuenta. 

Actualmente, Carme vive en el barrio de Sants de Barcelona con su gata Perla. Tiene dos hijos con los que no tiene relación y una pensión que apenas llega a 500 euros. La última vez que su hijo mayor fue a visitarla, ella se pensaba que iba a felicitarla por su cumpleaños, pero él no sabía qué día era.

El hijo pequeño vive en Vic, según sabe está casado, es panadero “muy trabajador” y tiene una hija de 20 años. El mayor deseo de Carme es tener a la familia a su lado, pero añade que “eso es imposible” por los múltiples problemas y enfrentamientos que ha tenido con ellos.

Nacida en Maracaibo (Venezuela) y de padres españoles, Carme era la pequeña de 8 hermanos. De esta gran familia solo le queda un hermano que todavía vive allí: “Es el único que me ha ayudado un poco”.

Nos cuenta que su gran sueño de niña era ser escritora, por lo que leía todo lo que llegaba a sus manos. Sus hermanos se burlaban de ella y le decían que cómo iba ella a ser escritora. “Claro, en un pueblo, pues ya se sabe”, afirma. Pero Carme tenía hambre de mundo. 

Cuando era pequeña dejaron Venezuela para volver a España, y vivió con su madre en un pueblo de Lleida hasta los 17 años, ya que a su padre, explica sin dar muchos detalles, “lo mataron”.

“Vivíamos en una casa muy grande con 14 balcones y como la mama tenía una máquina de coser muy chula, aprendí a bordar”. Más tarde se fue a Barcelona con una de sus hermanas, y un año después, ya estaba casada: “Como soy tan tremenda, en seguida encontré un hombre y me casé con él. Mi madre decía que volviese a Lleida con ella pero si volvía mi novio dejaba. Dejé a mi madre sola y me arrepiento mucho, eso fue un pecado muy grande que hice”, confiesa con pena.

Ahora, viéndolo todo con la perspectiva del tiempo, se arrepiente de haber tenido tanta prisa y de haberlo hecho todo demasiado pronto. “Me casé con 18 años, demasiado joven, lo hice todo demasiado joven”.

Al cabo de un año de casarse se quedó embarazada. “Yo pesaba 45 kilos y llevaba un bebé muy grande, quiso salir antes de los 7 meses y me hicieron cesárea. Me dijeron que se había muerto”.

Este aborto le supuso una gran discusión con su marido, y ella estuvo un tiempo, como define, en estado de “shock”. Aun así, desoyó las recomendaciones de no quedarse embarazada durante los dos siguientes años, y volvió a quedarse encinta de nuevo. Pese a todo, fueron buenos tiempos: tuvo otros dos hijos por cesárea y gracias al trabajo de su marido, todos salían adelante.

Carme en la Parroquia de la Concepción, donde se realiza La Merienda cada lunes y miércoles.

“Mi marido era muy trabajador y teníamos de todo. Montó un bar en el Poble Nou y tenía mucha clientela. Yo le decía que no trabajara tanto, que ya estábamos arreglados pero él trabajaba las 24 horas del día”.

Aun así, Carme era consciente del machismo de su marido, lo cual tuvo después consecuencias fatales: “Yo no le llevaba nunca la contraria. Me quería demasiado, si hubiera podido me hubiera metido en una urna. Todo el mundo decía que era muy guapa, muy bajita pero muy mona, me decían cosas por la calle hasta yendo con él y claro, si alguien me decía algo, la culpa era mía”.

Todo el grueso de complicaciones llegó un día de repente, con la muerte de su marido, hace ahora más de 30 años. “Se murió de tanto trabajar”, explica Carme, “de un ataque al corazón”.

Carme se quedó sola con un hijo de 17 y otro de 14, a los que casi no podía mantener. “Cuando se murió mi marido nos lo quitaron todo. Teníamos muchísimo, cosas medio subastadas pero como a mí me tenía en una urna y no me explicaba nada, no sabía nada… lo perdimos todo”.

Pero perder las posesiones materiales y no tener dinero no fue el único problema en esa época para Carme: “Mis hijos se pusieron contra mí, porque su padre los llevaba como príncipes y yo no tenía casi ni un plato de comida que ponerles en la mesa. La vaca se secó. Y mis hijos decían que era una rata, que no les hacía lo mismo que su padre”.

“Sufrí muchísimo. Estuve dos o tres veces a punto de matarme. Me encerré en la cocina y encendí el gas, y suerte que llegó mi hijo y abrió porque ya estaba medio muerta. Ya no podía aguantar la tristeza y todo lo que me hacían”.

Carme y Montse, voluntaria de La Merienda.

Al final, acabaron desahuciándola, y se mudó a un piso que le facilitó el ayuntamiento. Trabajó de celadora y limpió casas durante muchos años. Tiempo después, acabó haciendo compañía a señoras mayores, gracias a su carácter alegre. “Las señoras me querían mucho, en seguida me las metía en el bolsillo”.

Su hijo pequeño se casó y tuvo una hija, y justo cuando la vida parecía más fácil, tuvo una discusión enorme con él que le apartó de ver a su nieta. Pero todavía le esperaba otro gran golpe por recibir. 

Su hijo mayor sufrió un brote psicótico. “Estuvo 7 meses en un centro psiquiátrico y otros 7 en rehabilitación”. Como consecuencia, se fue a vivir con ella, porque Carme no quería dejarlo solo. “Estuve 20 años viviendo con él, la gente me decía que tenía unos cojones muy gordos por vivir con una persona esquizofrénica. Pero yo la sabía dominar. Cuando veía que estaba a tope, me iba”.

Esta situación, como acostumbra a pasar, también acabó llegando a su clímax. “Un día tuvo un brote muy fuerte y tuvimos una discusión enorme, hasta vino la policía. Cuando le volvió a pasar, el juez me echó la culpa por tenerlo en mi casa. Puedo decir que nadie me ayudó”.

Carme durante la entrevista.

A pesar de todas sus vivencias, Carme sigue adelante con su buen humor y sus sonrisas. Desde 2015 asiste a La Merienda cada lunes y miércoles para tomarse su café con leche y jugar al dominó con sus amigos. Además, nuestros voluntarios le preparan y entregan comida para toda la semana.

“No vengo aquí por la comida porque yo solo tomo un café con leche, es más por el calor de la gente, para distraerme y ver a los amigos. Me lo tomo como una obligación, para no quedarme en casa”.

Martina Puga, fundadora de La Merienda, explica: “Carme representa el colectivo de personas mayores que vienen a La Merienda a compartir y generar vínculos con otras personas, va más allá de la comida”.

“Cuando llego lo primero que hago es saludar a las voluntarias”, nos cuenta Carme, “no soy besucona prefiero un buen abrazo y si las puedo agarrar, que siempre están trabajando, pues les doy un abrazo. Voy a mi sitio, que ya es casi nuestro, y allí estamos todos los amigos. Uno dice un disparate, otro dice otro y entre disparates vamos pasando el rato”.

“Carme siempre viene aquí con su alegría”, explica Montse Pujadas, voluntaria de La Merienda. “Si no la conociéramos nadie sabría que ha tenido una vida muy dura. Tiene un carácter muy alegre y viene aquí sobre todo a estar con sus amigos”.

El colectivo de personas que acceden a La Merienda son personas sin hogar y con recursos mínimos, tanto residentes en Barcelona como inmigrantes en situación irregular. De entre todos ellos, también tenemos un grupo de gente mayor que, como Carme, se encuentra en los límites de la pobreza y además, completamente sola.

Martina Puga fundó La Merienda en 2012 como un espacio de acogida y participación, con el fin de generar vínculos y crear una comunidad, tras haber colaborado en diferentes comedores sociales y haber visto que faltaba esa necesidad de lazos y compañía. 

Nuestro objetivo principal es trabajar por la inserción integral de las personas en riesgo de exclusión social. Les ofrecemos tanto los recursos básicos como ayuda y acompañamiento en la búsqueda de trabajo, con el fin de que alcancen su autonomía.

“Hay un dicho que dice que en el comer, conoces a una persona”, explica Carme, risueña. La entrevista acaba, son las 17:00 pm y es la hora de La Merienda. Carme se levanta rápido. No quiere que nadie se siente en su sitio con sus amigos, pues el momento de tomar su café con leche y jugar al dominó.

Si quieres ayudar a gente como Carme, puedes hacerlo desde nuestra página de Donaciones. ¡Con solo 10 euros estarás dando comida para una semana a dos personas sin hogar!

Dona Ahora